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Un nuevo rito de iniciación
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Por Nicolás Mavrakis
(Actualizado Miercoles 23/04/2008)
El sexo oral marca el debut de la mayoría. En lugares públicos, se filman, fotografían y lo divulgan. El desconcierto de los padres y los mitos de una práctica insegura.
Un fantasma recorre el mundo de la pubertad: el fantasma de la felación. Fantasma húmedo que avanza de rodillas mientras desconcierta a los padres. Sin discriminar ninguna clase social. Ni escuelas. Religiosas o laicas. Avanza por el fondo de las aulas. Por los asientos más discretos de los micros escolares. Por las habitaciones mejor decoradas de los countries. Por entre las cortinas anónimas de las matinés. En los baños. Con precio fijo o ad honorem. En la Argentina, la edad promedio actual de iniciación sexual para mujeres y varones es de 15 años. La instancia de la felación es un aperitivo más temprano, en el que por distintos motivos las chicas ganaron la iniciativa. El caso de una alumna de noveno año en la escuela privada Santa Ana en Paraná, Entre Ríos, filmada con un celular itinerante la semana pasada mientras sorbía el entusiasmo de un compañero, desorientó a esa comunidad educativa. El caso reflotó otro en la Escuela Técnica N° 1 en Escobar, provincia de Buenos Aires: una estudiante de 16 años fue filmada y fotografiada mientras jugueteaba desnuda, a cambio de buenas notas, con algunos profesores del turno noche en el 2005. Por “delitos de orden sexual” fueron desplazados de sus cargos 27 directivos y docentes recién en el 2007. El mundo adulto descubre al fantasma de la felación púber con un temor casi burocrático: ¿cómo abordarlo? ¿cómo normativizarlo?
Bocas y braguetas. Internet, menos prejuicioso y más pragmático, mientras tanto, lo abraza. Lo suma de inmediato a los anaqueles de su infinita biblioteca sexual. Integra la oferta de las adolescentes con el ansia de exhibirse en blogs, portales, foros y fotologs, con la demanda de los adolescentes y el ansia de contemplar y cultivarse. Esa simbiosis, para una estudiante chilena de 14 años, “Wena Naty”, alumna del Colegio La Salle en Santiago de Chile, resultó agridulce: un compañero la filmó con su celular mientras hacía una fellatio a otro estudiante de su edad en una plaza. No le molestó el primer plano. Mucho menos la fama inmediata en todo el mundo cuando el video llegó a YouTube. Sí que la expulsaran del colegio y que sus padres le prohibieran salir de casa. Mientras su partenaire y el camarógrafo amateur siguen estáticos ante sus pupitres.
La sexualidad adolescente se exacerba casi en la misma proporción que salpica los parámetros de géneros y costumbres sexuales tradicionales que pretendían acorralarla. “Es posible que se disputen roles de poder entre hombres y mujeres en la fellatio –opina el sexólogo Adrián Sapetti–; el hombre se vuelve un títere de la mujer: allí se pone en cuestión el falocentrismo masculino”. Los especialistas coinciden en que el factor mediático es una clave para comprender el fenómeno. “El sexo oral, la eyaculación en la cara, era patrimonio del cine porno. Ahora llegó al ámbito de las prácticas privadas”, resalta Sapetti. Para la psicoanalista especializada en niños y adolescentes Ada Zimerman, “que chicos de 11 puedan ver pornografía en internet está instalado como algo normal y de acceso directo”. Se trata de información aún no procesable, entremezclada con el vértigo por alcanzar una experiencia propia: “Hay chicos que todavía se inician sexualmente con una pauta más sentimental, idealizando una única pareja –indica Zimerman–, pero entre chicas de 12 o 13 “el pete”, como llaman al sexo oral practicado por una mujer a un hombre, es el primer acercamiento a una sexualidad de descarga inmediata, pudiendo llegar a la penetración sólo años después”. Restringida al confín de una boca predispuesta y la bragueta de un voluntario masculino a la vista, esta sexualidad de la pura acción pasa a ser también una sexualidad que encuentra su ocasión en casi cualquier lado. No sólo en las escuelas.
En las mejores salas. Ocurrió en la fiesta de quince de la hija de un empresario extranjero radicado en el país. Una de las chicas invitadas se demoraba debajo de las mesas de los chicos. Los chicos se ruborizaban. No por nervios. En las fiestas, las ceremonias de felación son tan habituales –con la variante en los countries ABC1 del “póker-pete”, donde el premio al ganador queda siempre en manos de las chicas– que no hay piñata a la que se le escape el detalle del caramelo saborizante del después. Al empresario le costó asimilar lo que pasaba cuando lo entendió. Intentó ser paternal; darle algún consejo a la compañera de su hija. La respuesta de la chica todavía le cuesta un dineral en terapia familiar y cierta infamia entre sus colegas: “¡Pero si tu hija chupa más que yo!”
La psicoanalista Any Krieger insiste en el desplazamiento de los hábitos sexuales: para la adolescente, tomar la iniciativa es subvertir el derecho del hombre a disponer de ella –explica–, pero en la medida en que al hombre le resulta difícil negarse también es un modo de forzar su hombría. De todos modos –apunta Krieger–, el sexo oral permanece en lo pregenital: “Ocurre en reuniones y boliches como ocio: ‘¿me hacés el pete?’ es la pregunta de un juego mecánico, público, sin intimidad”. Para el psicoanalista Andrés Rascovsky, el juego suma un factor más: pretender esquivar el riesgo de enfermedades venéreas y de embarazos, a la vez que reduce para las chicas la angustia de la pérdida de la virginidad. “La fantasía de que evitar la penetración conserva la virginidad omite el riesgo de contagio del HIV”, agrega la psicóloga Andrea Gómez, del equipo del Centro Latinoamericano Salud y Mujer (www.celsam.org). Para la especialista, lo que el destape de la promiscuidad oral púber coloca en escena es cómo se construyen hoy los géneros sexuales: “el bombardeo mediático de sexo, la ausencia familiar, la necesidad de los adolescentes de repetir todo lo que los identifique como parte del grupo de sus pares se trasmite también al molde de los géneros: todo conduce a chicas con poca autoestima y chicos con la percepción de un rol de poder”. Las últimas investigaciones del CELSAM en el 2007 arrojan algunos datos del contexto de confusión adolescente: para las chicas, pretender que su pareja use preservativo siempre equivale al riesgo de hacer enojar al hombre y ser abandonadas. Si de todos modos lo reclama, se arriesga a que los hombres opinen que se trata de “una chica rápida”. Por otro lado, mientras que las pastillas anticonceptivas sólo se vuelven consultables en el horizonte de un noviazgo, la tenencia de un preservativo permanente en la billetera de un chico lo convierte en “sexópata” ante los otros. Por eso el sexo oral de estas chicas está disociado de un sexo placentero –opina Gómez–; es un puro acto de grupo, ímpetu adolescente en una sociedad que no provee ni se preocupa por proveer una educación sexual adecuada.
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