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Trampa sexual en mi puesto de enfermera

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El chocho de la enfermera

La enfermera soy yo y el chocho, evidentemente, el mío. ¿Ustedes saben como un chico puede calentarte con su conversación hasta hacerte caer en sus redes y terminar follando sin haberlo pretendido en ningún momento y, lo que es peor, sin conocerlo de nada? Pues eso es lo que me ocurrió el otro día en mi hora de descanso en el trabajo. Yo tengo mi escondite secreto, donde paso el rato hasta que llega la hora de reincorporarme. Allí, básicamente no hago nada; Miro el móvil, y dejo que pase el tiempo...

Pero ayer ocurrió algo extraño. Llegó un celador y dijo estar sorprendido de encontrarme allí, porque él utilizaba aquella esquinita como escondite para pasar el tiempo en sus descansos. Qué curioso. Yo no llevo demasiado tiempo trabajando aquí, pero el suficiente para que ya hubiésemos coincidido anteriormente, pienso yo. En fin, nos presentamos y decidió quedarse allí, charlando conmigo, cosa que en un principio me jodió, yo que pensaba incluso, tal vez, dar un cabecadita allí sentada.

Lo cierto es que resultó ser simpatiquísimo, vaya labia que tiene el tío, estaba super entretenida escuchando todo lo que me estaba contando. Entretenida y caliente, porque la conversación, sin que me diera cuenta y a la velocidad de la luz, tornó a cachonda y erótica. Me contaba cómo su taladradora entraba con suavidad pero con fuerza en cualquier boquete, cómo cuida concienzudamente su taladradora, con mantenimientos manuales diarios, para que siempre esté apta para el trabajo... y también me dijo lo bonitas que tenía las bragas, ya que estaba sentado frente a mí, y aunque yo, en un principio había tenido cuidado de taparme, en ese momento ya me había despistado ante tal depravada conversación.

A mí siempre me dijo mi abuela que las chicas malas no dejan que nadie les vea las bragas: Se las quitan. Y es lo que yo hice. Le dije que esperara un poco. Salí de aquel pasillo y me saqué las bragas. Volví, me senté nuevamente frente a él, y como quien sigue la jugada o el reto que me estaba tirando, le dejé ver mi sexo mientras le comentaba que tengo pareja y que aquello no era una invitación para follar, pero que esa humedad que podía ver en mi rajita, si se asomaba, la había provocado él con su pícara conversación.

Rápidamente, siguiendo con su sagaz lengua, me dijo que no podía evitar ser así. Que su lengua no sabe estarse quieta y que igual de loca se mueve para contar historias como para limpiar humedades. Me dijo que con la misma lengua que me había puesto la raja cachonda podía hacerme llegar al clímax para que quedara otra vez como al principio, relajada. Y acepté.

Ese tío me estaba llevando a un terreno peligroso. Yo había ido allí a descansar de enfermos durante una hora e incorporarme después, y me veía con un extraño chupándome el coño y... ufff, muy bien, por cierto. Le había dejado claro que esto no era un polvo y que su taladradora no entraría en mi boquete, aunque ahora empezaba a dudarlo. Él, por su parte, ni me contestó. Andaba demasiado atareado haciéndome llegar al clímax con su pícara lengua.

En un momento me dijo que le encantaba sentirse inundado por los flujos del sexo de una mujer, y que si podía sentarme encima de su cara para repellárselo todo. Yo estaba ya demasiado cachonda para decir que no. Estaba consiguiendo que gritara de placer. El juego estaba empezando a llegar demasiado lejos y estaba sintiendo la necesidad de agarrar su polla y demostrarle que mi lengua también sabe hacer cosas buenas. Y lo que es peor, me estaba viniendo abajo con lo de no dejarme follar.

Por eso cuando hizo amagos de apretar su polla sobre el pantalón, me avalancé sobre ella y la saqué del pantalón. En ese momento ya no sabía muy bien ni lo que decía. Sólo recuerdo que estaba demasiado excitada y que le pedía que no dejara de frotar mi clítoris, que me besara, que me fo... no, que me follara no, pero que me diera su polla dura para que lo masturbara hasta correrse allí, en el suelo.

Y al suelo volvimos. El muy desgraciado ya no me buscaba con su lengua viperina para hacerme gozar, ya no me buscaba con sus dedos vivos y sabios para arrancarme gritos de placer... el muy cerdo me buscaba con su polla para follarme en aquel centro médico, sabiendo que tengo pareja, sabiendo que le dije que no follaría... sabiendo que lo estaba deseando, y que eso era antes de ahora, antes de rogarle que me la clavara hasta el fondo. Y follamos como guarros y flipamos como animales. Cariño, a partir de ahora no te los pongo más. Si es que hay veces que una no se puede resistir. Joder...